Democracia en peligro de extinción

Democracia en peligro de extinción

 

 

 

 

Por Ernesto Jiménez

 

 

 

 

“No hay democracia sin ciudadanía y límites al poder”. Alain Tourain

 

La democracia es una forma de organización del Estado en el que las decisiones de orden colectivo son adoptadas por el pueblo, el cual, mediante diversos mecanismos de participación dota de legitimidad a los representantes encargados de dirigir al conglomerado. En ese sentido, el carácter popular de las medidas democráticas, confieren a este sistema de una fortaleza y pluralidad social excepcional.

 

Esa característica especial consagró a la democracia como el modelo de organización social y política más participativo y representativo que se haya conocido, con la ventaja adicional, de proveer a los ciudadanos de un entramado ideológico que situó a la soberanía popular como un elemento inherente al mismo sistema. Por lo que, no es de extrañar que el paradigmático presidente estadounidense, Abraham Lincoln, en su famoso discurso de Gettysburg (1863), definió la democracia como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

 

Al igual que cualquier otra obra producto del esfuerzo humano, este sistema no está exento de fallos, errores y dificultades que, en contadas ocasiones han atentado contra su propia existencia. Dentro de estos, el principal escollo gira entorno a las expectativas desbordadas que se generan al elegir a la democracia como el mejor de los sistemas y a la vez esperar que en su establecimiento se encuentre la solución de todos los problemas. Esta percepción generalizada surge de un desconocimiento fundamental del elemento que representa el pilar troncal de cualquier experimento democrático: la libertad.

 

En este sentido, es muy importante entender que la democracia surge y sirve como garante de la libertad. Y es esa misma facultad la que provee a los individuos de mayores espacios para desarrollar métodos eficaces que derriben barreras ancestrales que lastran el desarrollo social, como por ejemplo: la ignorancia, la pobreza y la desigualdad. A la postre, como resultado de ese proceso, se generan amplias posibilidades de mayor bienestar para el colectivo, lo que es igual a decir que, con el trabajo mancomunado y los instrumentos que brindan las instituciones democráticas, se viabiliza la construcción de ingentes estadios de progreso y bienestar.

 

Ahora bien, sostener esa garantía de libertad sin menoscabar el orden y el bienestar, representa el desafío más grande que enfrenta la democracia.  Esto así, porque numerosos líderes populistas se amparan en el derecho de la ciudadanía a elegir libérrimamente sus representantes para conquistar espacios de poder que más adelante utilizan para asaltar el Estado, con el fin último de transformarlo en un simple medio de acumulación originaria (negocios, corrupción, etc), en vez de poner ese instrumento al servicio de la gente; y como producto de este accionar, distorsionan su propia razón de ser y degradan las plataformas participativas que posibilitaron su elección. Este fenómeno perverso se acentúa con especial rigor en países de escasa cultura democrática, pues carecen de instituciones fuertes que impongan límites al poder.

 

Lamentablemente, el entorno favorable a la democracia —forjado durante décadas de intensas luchas y sacrificios monumentales— se está erosionando ante la incapacidad de los gobiernos para atender las exigencias y demandas irredentas de los ciudadanos. En consecuencia, esto ha provocado un peligroso fenómeno de progresiva desilusión colectiva que se expresa en apatía ante los procesos políticos. Y que, a manera de resultado fatal crea un vacío social, que con demasiada frecuencia es llenado por ideas demagógicas y desfasadas encarnadas en un supuesto redentor que, como atinadamente advirtió Gai Xianjing —premio Nobel de Literatura— reduce la democracia a “un simple recuento de votos, sin perspectiva, horizonte, ni futuro”.

 

Ernesto Jiménez / El autor es economista y comunicador.

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