El compositor Mario Díaz repasando la memoria; envuelto en deleite nostálgico

El compositor Mario Díaz repasando la memoria; envuelto en deleite nostálgico

 

Por Mario Díaz

 

Cuando mi familia se mudó a la casa número 126 del sector Villa Francisca, en 1967, mis hermanos y yo fuimos inscritos en la escuela República de Uruguay, que fue inaugurada durante la dictadura trujillista con el nombre de Julia Molina, la madre del sátrapa Rafael Leonidas Trujillo. En aquel plantel escolar me tocó cursar los primeros cinco grados de la educación primaria.

De aquellos años son muchos los recuerdos que atesoro en mi alma. Uno de esos son las profesoras algunas demasiado rígidas y otras muy pacientes cariñosas (por coincidencia, no me tocaron profesores y no recuerdo realmente si allí entonces laboraban hombres impartiendo docencia, pues hasta dirigía una dama).

En mi segundo año tuve una profesora de hermosa caballera azabache y bello rostro, cuyo nombre lamento haber olvidado. Ella era muy dulce con todos los alumnos y, desgraciadamente, luego supe que murió atropellada por un vehículo conducido por un chofer imprudente.

Mi último año en la escuela Uruguay (como todos decíamos desde siempre) la profesora era Patria Vicioso Sánchez, una señora sesentona, en extremo estricta, de esas que daban reglazos y halaban las orejas a quienes no hacían las tareas, incurrían en travesuras o no sabían los ejercicios matemáticos. A esa profesora nunca vi sonreír durante trabajaba y no recuerdo un acto de ternura suyo con ninguno de los alumnos, pero sí que siempre afirmaba ser descendiente del patricio Francisco del Rosario Sánchez.

Recuerdo los atropellados intercambios deportivos entre los jugadores de baloncesto de nuestra querida escuela y nuestros vecinos sancarleños de la escuela República de Chile. Los sancarleños eran malos perdedores y las despedidas eran a pedradas.

De ese quinto curso, que era vespertino, recuerdo algunos nombres de mis compañeritos: Nancy Hernández, que era mi vecina, lo mismo que Miguel D. Mena (hoy un prestigioso escritor residente en Alemania), Kennedy Ng Cortiñas (pianista, arreglista y compositor hoy conocido artísticamente como Enyi), Ana Ivelisse Morla y a una vecina de ésta en la calle José Martí casi esquina París, Ramón Tineo (a quien le decíamos Ramón Pineo, porque era de baja estatura física), Enriquillo (cuyo apellido no retengo, pero sí que desde entonces practicaba lucha olímpica y que posteriormente integró la selección nacional de esa disciplina deportiva), Felipe Iturbide (que me llega a la mente porque en uno de los viernes sociales que regularmente se organizaban en el curso arrancó a cantar a capella el merengue “Ven a mí”,popularizado por Johnny Ventura y su Combo Show, con coreografía incluida),, Juan Vicente Salazar Saldívar (a quien le decían Palermo, porque trabajaba como mecánico en los talleres Palermo, situados en la misma Juana Saltitopa, casi esquina Concepción Bona, en el barrio Mejoramiento Social), Josefina, una rubia de ojos verdes que vivía en la Juana Saltitopa esquina Ravelo y que luego nos reencontramos como alumnos del segundo de bachillerato, en el centro de estudios Flemings, y ella residía entonces muy cerca de este colegio, en el barrio Mejoramiento Social … Ojalá recordarlos a todos, pero estamos hablando de muchos años atrás, sería demasiado para mi limitada memoria.

Por cierto, Juan Vicente, con quien me unió una gran amistad, vivía en la calle Albert Thomas casi esquina Osvaldo Bazil, en el barrio 27 de Febrero, y a pesar de que luego vivíamos tan cerca nos veíamos poquísimo y finalmente se fue a residir a los Estados Unidos y perdimos toda comunicación. En aquellos años no era tan fácil como ahora mantenerse comunicados vía telefónica o por cartas.

Espero que todos esos amigos, como también los que no he recordado por sus nombres, estén sanos y felices junto a sus respectivas familias y que Dios los bendiga siempre.

A mediados de la década de los años 90 supimos que los sábados y domingos impartían en esta escuela unos cursos auspiciados por una entidad cristiana y mi hermano Aquiles y yo nos inscribimos para tomar uno sobre técnicas aduaneras. Pero, sinceramente, lo que más deseábamos era reencontrarnos con nuestro hermoso pasado escolar.

Hace unos cinco años, durante una mañana sabatina, mi hermano Aquiles y yo estuvimos en los alrededores haciendo unas compras y, aturdidos por la nostalgia, decidimos visitar nuestra vieja escuela. El encargado de la seguridad nos permitió ingresar, no sin antes anunciarnos ante la joven y gentil agente policíal entonces de turno allí, quien, por coincidencia, nos reconoció (debido a que es evangélica y asistía a la misma iglesia que nuestra madre). Fue realmente un alucinante viaje al pasado: la joven nos acompañó aula por aula y hasta tuvimos el honor de conocer a su entonces director (¡sí, un director!), quien nos comentó sobre las carencias del plantel y los planes que tenía en carpeta.

Sin considerar la descomposición social y el desorden que ha padecido esta zona durante años, la escuela Uruguay parece detenida en el tiempo y cada vez que transito por allí no puedo evitar rememorar mi añorada y feliz infancia en Villa Francisca.

 

(Tomado de la cuenta de Facebook de Mario Díaz).

Categories: Opinión
Tags: Destadas

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