Jamal Khashoggi y la hipocresía imperial

Jamal Khashoggi y la hipocresía imperial

 

Por Ernesto Jiménez

 

 

“El talón de Aquiles del imperialismo son sus intereses”. Eva Perón

 

Existe un muy recurrido axioma en el ámbito de las relaciones internacionales que enseña que las grandes potencias no tienen amigos ni enemigos, sino únicamente intereses. El desarrollo de esta línea de pensamiento, en cuanto a su construcción teórica, es usualmente atribuida al histórico primer ministro del Imperio Británico, Lord Palmerston, el cual, en una singular expresión estableció la primacía de los intereses del Estado por sobre los valores humanos: “Inglaterra no tiene amigos permanentes ni enemigos permanentes, Inglaterra solo tiene intereses permanentes”.

 

Esa concepción se deriva de la teoría supremacista de la razón de Estado —a partir del “arte del Estado” de Maquiavelo— e influyó determinantemente en la visión de otros políticos destacados a lo largo de la historia, como es el caso del 6to. presidente de los Estados Unidos de América (EE.UU.), John Quincy Adams, quien manifestó que “Estados Unidos no tiene amistades permanentes, sino intereses permanentes”, marcando de esta forma, una postura que serviría de justificación a la trasgresión sistemática, cuando se considere conveniente, de los principios éticos y morales que dieron fundamento a esa nación. Sin renunciar, en ningún momento, a la prerrogativa de imponer sanciones e intervenir en cualquier país que contravenga sus intereses, bajo el alegato de defender la democracia y los derechos humanos.

 

Estas expresiones de “Realpolitik” mantienen una vergonzosa vigencia que se manifiesta, una vez más, ante el crimen atroz perpetrado contra el periodista saudí Jamal Khashoggi, quien fue brutalmente asesinado y posteriormente desmembrado en la embajada de su propio país (Arabia Saudí) en Turquía. Este periodista había sido un feroz crítico del régimen totalitario de la familia Al Saúd, a la cual acusó de flagrantes violaciones a los derechos humanos, haciendo especial énfasis en las acciones del príncipe Mohammed Bin Salman, a quien responsabilizó, entre otras cosas, del secuestro del ex primer ministro de Líbano, Saad Hariri.

 

Las numerosas expresiones de indignación que este deleznable hecho ha generado han colocado en una delicada posición a las autoridades saudíes y al presidente de los EE. UU., Donald Trump, debido a que desde el primer día de su mandato ha otorgado su respaldo irrestricto a la monarquía saudí. Esta predilección se manifestó fehacientemente cuando, en la primera visita oficial del presidente Trump, en vez de visitar un país democrático o a un aliado europeo, se decantó por privilegiar a la autocracia saudí, donde además, firmó contratos de ventas de armas de guerra por más de 100 mil millones de dólares. Por consiguiente, a pesar de las proporciones catastróficas que, de comprobarse la participación de Bin Salman en la muerte de Khasoggi, este caso pudiera tener —tanto a nivel geopolítico como en materia de derechos fundamentales—, la administración Trump está conminada a mantener su apoyo al régimen absolutista saudí. Esto así, porque en adición a lo anteriormente señalado, las relaciones entre el gobierno estadounidense y el gobierno chiita iraní atraviesan por momentos de marcadas tensiones, y la única garantía de asegurar la efectividad de las sanciones impuestas al régimen de los ayatolas en Irán, sin desestabilizar el mercado internacional de crudo es, precisamente, el petróleo que proporciona el gobierno sunita de Arabia Saudita.

Este convulso panorama se complica aún más al tomar en cuenta la férrea rivalidad entre Turquía y Arabia Saudí. Esto quedó evidenciado con el bloqueo que el régimen saudí le impuso a Qatar y la consiguiente respuesta turca mediante el envío de tropas para nulificar la acción de Riad. En adición, si se toma en consideración la peligrosa muestra de las autoridades saudíes de su capacidad logística para operar en territorio turco, se completa un escenario que aleja toda posibilidad de un entendimiento cordial entre estas naciones, en pos de destrabar esta especie de nudo gordiano que mantiene cerrado cualquier atisbo de justicia. Por esa razón, una parte importante del mundo democrático cifra sus esperanzas en que los EE. UU. presione al gobierno saudí para buscar una respuesta satisfactoria a ese crimen injustificable, pero tal como se ha explicado anteriormente, la avaricia del interés imperial no suele dejar espacio a los valores democráticos.

 

En virtud de ello, resulta sumamente lamentable que esa acción deleznable que segó la vida de Jamal Khashoggi se encuentre solapada por la intricada maraña de conflictos entre Estados rivales. No obstante, ese vil acontecimiento merece el más absoluto repudio de la comunidad internacional. En especial, porque todo parece indicar que fue motivado por intereses oscuros de una dictadura familiar que pretende ahogar la voz de la razón y que —sin importar ningún principio de honestidad, bondad y justicia— al igual que muchos otros ambiciosos patológicos que dirigen el mundo, con tal de mantener su status quo, no dudarían ni un segundo en destruir la dignidad de aquellos que defienden el derecho supremo de la raza humana a vivir en paz y libertad.

 

(Ernesto Jiménez / El autor es economista y comunicador).

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