Libre comercio y desarrollo económico

Libre comercio y desarrollo económico

 

Por Ernesto Jiménez

 

 

“En un mundo de libre comercio y democracia, no hay incentivo para la guerra y la conquista”. Ludwig Von Mises.

 

El intercambio de bienes y servicios entre los seres humanos empezó desde los orígenes mismos de la civilización. El hombre, como animal eminentemente gregario, necesitó de la cooperación de sus semejantes en la realización de tareas que permitieran la subsistencia del colectivo, para de esta forma, garantizar la supervivencia del individuo.

 

A partir de esa dinámica natural, los humanos fueron construyendo comunidades más grandes que, auxiliadas por mecanismos sociales de jerarquización y división del trabajo, desarrollaron relaciones económicas más complejas (ej. agricultura y alfarería) que provocaron el surgimiento de excedentes en la producción que, a la vez, hicieron posible mayores niveles de intercambio. Por lo que, tanto entre personas como entre naciones, se establecieron conexiones de interdependencia en cuanto a los bienes producidos como al trasiego de estos. Y gracias al volumen creciente de transacciones entre diversas poblaciones, surgió la necesidad de regular y reglamentar dichas actividades que, a la postre, fueron conocidas bajo del nombre de “comercio”.

 

La historia ha demostrado que el comercio es un elemento fundamental para entender la expansión económica y política de la humanidad a lo largo y ancho del globo terráqueo. Por eso, en períodos de relativa paz regional, en cualquier parte del mundo, florecía el comercio y a la vez, mejoraban las condiciones materiales de los pueblos. Luego, al llegar tiempos de conflictos bélicos, se reducía la actividad comercial y al mismo tiempo, también decrecían los niveles de bienestar.

 

Esas condiciones económicas favorables que se originan a partir de ampliar las relaciones comerciales entre los pueblos no están en discusión por ningún estudioso de las ciencias económicas. Hasta el punto de, aceptar como una verdad evidente que, la iniciativa de abrir nuevas rutas comerciales contribuyó determinantemente a la preservación de magnas obras de los escritores de la antigüedad clásica, hizo posible la difusión de los números arábigos, e inclusive, fue la principal causa de la llegada de los europeos al continente americano, en su momento, considerado el descubrimiento de un nuevo mundo.

 

Sin embargo, aunque prácticamente ninguna escuela relevante del pensamiento económico duda de las bondades del comercio, no sucede igual con las reglamentaciones y las prácticas que se manifiestan dentro de esta actividad. Es justamente este aspecto donde se encuentra la inmensa mayoría de los profundos y continuos conflictos comerciales a nivel internacional.

 

Por esta razón, existen numerosas teorías y planteamientos sobre cómo debería funcionar el comercio internacional, pero debido a la cantidad y complejidad de éstas, se pueden simplificar —para fines didácticos— en dos grandes corrientes. En primer orden, se encuentra la doctrina liberal de comercio internacional sin trabas, en donde, a raíz de las teorías del economista inglés David Ricardo se postula que los países se especializan para exportar los bienes que producen más eficientemente e importar aquellos que producen con menor eficiencia relativa. Esto, en términos simples, es conocido como la teoría de las ventajas comparativas.

 

En sentido opuesto se encuentran los que postulan a favor de imponer barreras al comercio en pos de proteger determinadas industrias que, de lo contrario, no podrían competir en un entorno abierto al mercado mundial. Estos arguyen que una economía totalmente abierta al comercio internacional condena al fracaso a las industrias locales menos competitivas que, aunque puedan resultar poco eficientes, producen empleos y aportan al fisco nacional.

 

Independientemente de cualquier ideología, la historia ha demostrado que el libre comercio privilegia a quienes son capaces de producir más, mejor y a menor precio, mientras que, suele perjudicar a los productores menos eficientes. En cambio, las protecciones arancelarias (impuestos a la importación) sirven de incentivo a la ineficiencia, creando a su vez, mecanismos que socializan los costos mientras privatizan las ganancias, lo que, a la larga, se traduce en mayores precios y menor calidad para el consumidor.

 

Sin embargo, cabe señalar que existen importantes excepciones que justifican la protección de determinadas industrias especiales que están vinculadas a la seguridad del Estado u otras áreas sensibles para el desarrollo nacional. Principalmente, en naciones de marcado atraso económico que, más que competencia abierta, lo que necesitan es apoyo internacional para desarrollar sus incipientes mercados.

 

En definitiva, el debate en torno a estas posturas es amplio e intelectualmente rico en ejemplos. Sin embargo, a pesar de cualquier sesgo ideológico que se pueda apreciar, es posible identificar lo más conveniente para el comercio internacional en base a una evidente y sencilla realidad: los consumidores prefieren comprar a quien vende más barato. Y esto solo es posible lograrlo con reglas claras, apertura y libertad.

 

 

(Ernesto Jiménez / El autor es economista y comunicador).

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