Gobernanza Informal: A la vista de todos y en boca de nadie

Gobernanza Informal: A la vista de todos y en boca de nadie

 

Por Violeta Jiménez

 

El académico Matthew Harsh define la gobernanza informal como un tipo de gobernanza en la que los medios para tomar las decisiones no son institucionales, en la que las relaciones sociales y las redes de influencia juegan un papel fundamental.  En este tipo de gobernanza, las decisiones que son tomadas, ya sea por los políticos o por los hacedores de políticas, son discutidas en un escenario fuera de lo protocolar, sin haber seguido un debido proceso apegado a las leyes; estas decisiones se discuten y se finalizan en encuentros privados y conversaciones a escondidas. En nuestro país poco o nada se habla de este concepto, sin embargo, profesores y expertos extranjeros han estado discutiendo este tema en las últimas décadas al considerarlo significativo en las relaciones de poder dentro de las instituciones públicas y privadas.

Algunos autores han discutido las posibles características positivas de esta manera de tomar decisiones, argumentando, por ejemplo, que puede ayudar a la innovación de las políticas y a la celeridad de procesos ya ralentizados por las burocracias;  otros autores abordan su lado negativo, al considerar que la gobernanza informal pone en peligro la transparencia de los procesos,  debilitando la legitimidad de los mismos al pasarle por encima a las estructuras administrativas tradicionales y comprometer la responsabilidad de los actores. Pero sobre todo esto, el mayor problema de este tipo de gobernanza es que debilita a las instituciones, surgen procesos dentro del proceso, se crean nuevas reglas de juego que a su vez emanan las normas para hacer trampa de manera eficiente, y se hace difícil responsabilizar de manera directa a los culpables indirectos cuando algo sale mal, dejando en tela de juicio al peón que lleve a cabo la acción, sin descubrir al jefe que da la orden.

Está de más decir que la gobernanza informal actúa de maneras diferentes dependiendo del contexto del país del que se trate. Si nos referimos a un Estado en donde hay una institucionalidad fuerte, donde la regla general es que los políticos y los hacedores de políticas respetan el debido proceso y se adhieren a las leyes, siendo la excepción aquellos que no lo hacen, pues es válido discutir las posibles bondades de la gobernanza informal; por otro lado, si nos referimos a un país con instituciones débiles, altos niveles de corrupción y en donde los políticos y hacedores de políticas tienen por costumbre pasar por alto las leyes y el debido proceso – ya sea por motivos de conveniencia personal o para beneficiar a un allegado – se nos hace impensable considerar a la gobernanza informal como una ayuda al sistema, en este caso lo imperativo es enfocarse en eliminar esta práctica y forzar el respeto a las leyes y al debido proceso.

Los académicos en Europa y Estados Unidos que han tratado este tema, pueden darse el lujo de abogar a favor de esta forma de gobernanza, pues sus países tienen tradición de respeto a las leyes y sus instituciones son fuertes, al contrario de la mayoría de los países en Latinoamérica, en los que la gobernanza informal es  una práctica que ha hecho más daño que bien. Este es un tema que debería empezar a tratarse y los gobiernos deben hacer un autoanálisis e identificar en cuáles instituciones esta es la práctica que domina el día a día, con el fin de ponerle un punto y final.

 

(La autora es abogada y experta en políticas públicas).

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